Casi la mitad de los mayores de 60 años continúa en la fuerza laboral, pero los números no explican si lo hacen por elección o por necesidad, ni cómo viven la jubilación, la soledad o la falta de espacios pensados para ellos.

La esperanza de vida en Paraguay no deja de crecer. En la década de 1960, una persona nacida en el país vivía en promedio cerca de 60 años; hoy ronda los 75 y, según proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), podría superar los 82 hacia 2050. En paralelo, las familias se achicaron: el promedio pasó de seis hijos por mujer en los años 50 a 1,8 en la actualidad.

Ese cambio demográfico dio lugar a lo que se conoce como economía plateada, un escenario en el que las personas mayores permanecen activas durante más tiempo. De acuerdo con el INE, de las cerca de 784.000 personas mayores de 60 años que viven en el país, unas 355.000 forman parte de la fuerza de trabajo. Detrás de esa estadística, sin embargo, hay historias que los números no alcanzan a describir: quienes trabajan porque quieren y quienes no pueden dejar de hacerlo, quienes disfrutan de vivir solos y quienes sienten que el mundo ya no está pensado para ellos.

La psicóloga y psicogerontóloga Laura Kronawetter, especialista en adultos mayores, terapia cognitivo conductual y rehabilitación cognitiva, observa esas realidades desde la consulta.

Lic. Laura Kronawetter, psicóloga y psicogerontóloga - Gentileza
Lic. Laura Kronawetter, psicóloga y psicogerontóloga – Gentileza

Qué significa envejecer bien

Para Kronawetter, envejecer bien no equivale a llegar a una edad avanzada sin enfermedades ni pérdidas. «Significa poder adaptarse a los cambios propios de cada etapa, mantener la mayor autonomía posible y continuar encontrando sentido en la vida», explicó.

En su práctica, lo identifica en personas que logran integrar la jubilación, los duelos, las transformaciones familiares o los cambios en su salud, y que al mismo tiempo construyen nuevas rutinas, intereses y vínculos. A su juicio, un envejecimiento saludable depende de mantenerse activo en lo físico, lo cognitivo, lo emocional y lo social, y de sentir que uno conserva un lugar y algo para aportar. En Paraguay, agregó, esto cobra especial relevancia por el peso que siguen teniendo las redes familiares y sociales.

La especialista también relativizó la idea de que la vejez comience a una edad determinada. Distinguió entre la edad cronológica, la del documento, y la subjetiva, la que la persona siente que tiene. «La edad cronológica dice cuántos años vivimos, pero no necesariamente cómo los estamos viviendo», sostuvo. En la consulta, contó, conviven personas de 70 u 80 años que siguen aprendiendo, trabajando y viajando con otras que se sienten «viejas» mucho antes.

Jubilados en el extranjero - Jubilación - Adultos mayores - Elements Envato
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Trabajar por elección o por necesidad

Según datos locales de 2025, el 45,3% de las personas de 60 años y más en Paraguay forma parte de la fuerza de trabajo. Dentro de ese grupo, el trabajo independiente tiene un peso importante: el 58,6% se desempeña por cuenta propia. Para Kronawetter, la pregunta relevante no es solo por qué una persona mayor sigue trabajando, sino si lo hace porque quiere o porque lo necesita.

Cuando se trata de una elección, el trabajo puede ser un sostén: aporta rutina, vínculos, autoestima y la sensación de seguir siendo valorado. Cuando responde a una necesidad económica, pueden aparecer cansancio, preocupación, frustración e incluso sentimientos de injusticia. 

«No es solamente lo que hacemos lo que influye en nuestro bienestar, sino también cómo interpretamos aquello que estamos viviendo y cuánto control sentimos que tenemos sobre nuestras decisiones»

El impacto es aún mayor para quienes buscan empleo y no lo encuentran. Kronawetter advirtió que el rechazo suele interpretarse como una descalificación personal ligada a la edad, más que como un desajuste con un puesto, lo que puede afectar profundamente la autoestima y derivar en inseguridad o aislamiento. En eso radica, explicó, el problema del edadismo: convierte la edad en una barrera antes de evaluar las capacidades reales. Por eso, planteó la necesidad de valorar lo que aporta un trabajador mayor, desde su experiencia hasta su capacidad para resolver situaciones.

Adultos mayores. - .
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Cuando la jubilación toca la identidad

La salida del mundo laboral tampoco es un tránsito sencillo. Kronawetter recordó que, ante la pregunta «¿quién sos?», muchas personas responden con su profesión. Durante décadas, el empleo organiza horarios, relaciones y responsabilidades, por lo que la jubilación no solo implica dejar de trabajar, sino también perder un rol central.

Por eso, recomendó prepararse para esa etapa no solo en términos económicos, sino también emocionales. «La pregunta pasa de ‘¿qué hacía?’ a ‘¿quién quiero ser ahora?'», señaló. Cuando surgen nuevas actividades, relaciones o proyectos, la jubilación puede vivirse como una transición y no como un final.

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Vivir solo no es sentirse solo

Los hogares unipersonales pasaron de representar cerca del 11% del total hace dos décadas a rondar el 16% en la actualidad, según el INE. Entre las personas adultas mayores, el 12,3% vive sola.

Kronawetter subrayó que vivir solo no implica necesariamente sentirse solo. Muchos adultos mayores disfrutan de su autonomía, mantienen una vida social activa y contacto frecuente con sus familias. La situación cambia cuando la soledad no es elegida o cuando la persona siente que ya no tiene vínculos significativos. Desde la psicogerontología, explicó, lo importante es observar cómo vive cada persona esa situación y con qué red de apoyo cuenta.

La reducción del tamaño de las familias suma otro desafío. Con menos hijos, que muchas veces trabajan, viven lejos o tienen otras responsabilidades de cuidado, la idea de que la familia será siempre la única responsable del adulto mayor empieza a resquebrajarse. Esto puede generar preocupación e incluso sentimientos de abandono. Para la especialista, el cuidado debe ser también una responsabilidad comunitaria, institucional y social, y el país necesita seguir desarrollando atención domiciliaria, centros de día y servicios especializados que permitan conservar la autonomía durante el mayor tiempo posible.

Adultos mayores. - .
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Un mundo que no siempre los contempla

La falta de espacios, productos y servicios pensados para las personas mayores transmite, según Kronawetter, un mensaje implícito: que el mundo ya no está diseñado para ellas. Esa exclusión limita su autonomía y refuerza estereotipos como la idea de que a cierta edad ya no se puede aprender.

Desde su experiencia en rehabilitación y estimulación cognitiva, sostuvo lo contrario: el cerebro conserva capacidad de aprendizaje y adaptación a lo largo de toda la vida. Por eso, propuso crear oportunidades que no infantilicen al adulto mayor, sino que lo desafíen y reconozcan sus capacidades.

Entre las alternativas, mencionó el desarrollo de espacios intergeneracionales. Desde el sector público, planteó fortalecer centros comunitarios, actividad física adaptada, programas de estimulación cognitiva, alfabetización digital y acompañamiento. Desde el sector privado, identificó oportunidades en formación continua, voluntariado, mentorías, clubes y propuestas de recreación para distintos perfiles, porque, remarcó, una persona de 65 años puede tener necesidades muy diferentes de otra de 85 o 95.

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El desafío, concluyó, es pasar de asistir a la vejez a generar oportunidades para vivirla plenamente. 

«La vejez no es solamente una etapa de pérdidas. También puede ser una etapa de encuentros, aprendizajes y nuevas formas de disfrutar la vida. El desafío como sociedad es permitir que cada persona pueda vivirla con autonomía, dignidad y propósito»

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