Existe un viejo dicho popular que afirma que el paraguayo, cuando se encuentra lejos de su tierra y contempla la luna, siente un impulso irrefrenable de regresar.
Nadie sabe con certeza cuándo nació esa expresión, ni si alguna vez alguien volvió realmente siguiendo el llamado de la luna. Pero, como ocurre con muchos dichos populares, quizá no pretenda describir un hecho, sino revelar una verdad.
A lo largo de los años conocí tres historias que nunca dejaron de impresionarme. Son diferentes entre sí, pero terminan exactamente en el mismo lugar.
La primera es la historia del Dr. Silvio Báez, nacido en un hogar humilde del Paraguay. Camarada de correrías de José Asunción Flores por la Plaza Uruguaya, donde para ganarse la vida ejercía de canillita. Gracias a un mecenas pudo estudiar y llegar a ser médico. Muy pronto, emigró a los Estados Unidos. Allí desarrolló una carrera extraordinaria. Fue profesor universitario, investigador reconocido y una figura respetada en el ámbito de la fisiología y la medicina crítica.
Sus trabajos sobre el denominado tercer espacio, fundamentales para comprender la fisiopatología y el tratamiento del shock, le dieron reconocimiento internacional y valió su postulación al Premio Nobel de Medicina.
En el gran país del norte formó una familia, alcanzó una posición económica holgada y recibió importantes honores académicos.
Había conseguido todo aquello que un médico puede aspirar a lograr.
Sin embargo, cuando llegó el momento de redactar su última voluntad, pidió algo que ningún éxito profesional podía reemplazar: que sus cenizas regresaran al Paraguay, al país que lo había visto nacer.
Prestigio académico
La segunda historia pertenece al Dr. García, otro médico paraguayo, medalla de oro de su promoción, que emigró a los Estados Unidos junto con su esposa, también médica.
Allí construyeron una brillante vida profesional y familiar. El prestigio académico, el reconocimiento de sus colegas y el bienestar económico fueron el resultado de muchos años de trabajo.
Pero nunca olvidó su pueblo.
Con generosidad ayudó a las instituciones educativas de su comunidad mediante importantes donaciones y llegó incluso a construir un hotel para favorecer el desarrollo turístico de su ciudad natal. Vivía lejos, pero seguía sembrando en la tierra donde había nacido.
Cuando falleció, su deseo fue el mismo que el del Dr. Silvio Báez: que sus cenizas descansaran en el Paraguay.
Un paraguayo común
La tercera historia no pertenece a un científico célebre ni a un profesor universitario. Es la de un paraguayo común, pariente mío, que siendo muy joven emigró a la Argentina, impulsado por dificultades económicas y circunstancias políticas.
Allí trabajó, formó una familia y nunca más regresó.
Durante muchos años, solo teníamos noticias de él por las menciones ocasionales de algún familiar. Su vida había transcurrido lejos y, poco a poco, aquel pariente ausente se había convertido casi en un recuerdo.
Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando, un día, llegó un “primo” para cumplir el deseo postrero de su padre: que la mitad de sus cenizas fueran traídas y depositadas en la tierra donde había nacido.
Aquel encuentro inesperado nos hizo comprender que, aunque aquel hombre había vivido toda su vida lejos del Paraguay, nunca había dejado de pertenecer, de alguna manera, a aquella tierra.
No había regresado en vida, pero regresaba ahora, en las cenizas, al lugar donde había comenzado su historia.
Tres hombres. Tres vidas completamente distintas. Tres destinos separados por profesiones, circunstancias y trayectorias. Y, sin embargo, un mismo deseo.
¿Qué fuerza puede ser tan poderosa como para sobrevivir al éxito, a la distancia, al paso de los años e incluso a la muerte?
Creo que en estos casos hay algo más profundo que la simple nostalgia. El paraguayo que emigra, por la causa que fuere, lleva consigo una forma de desarraigo que difícilmente desaparece. Puede adaptarse a otra tierra, construir allí una vida y alcanzar el éxito; pero una parte de él permanece ligada al lugar que dejó. Por eso, más que un emigrante, es muchas veces un eterno desarraigado: alguien que vive lejos, pero nunca termina de irse del todo de su tierra.
Lo que nos define
Lo digo también desde mi propia experiencia. Por haber vivido muchos años en el extranjero, estas vivencias y sensaciones no me son extrañas. Conozco esa mezcla de adaptación y nostalgia, de pertenecer al lugar donde uno vive y, al mismo tiempo, sentir que una parte de uno permanece siempre en la tierra que dejó.
Quizá la patria sea algo diferente de un territorio delimitado por fronteras.
Tal vez sea el paisaje que nos enseñó a mirar el mundo, el idioma con el que aprendimos a pronunciar nuestras primeras palabras, el olor de la tierra después de la lluvia, las voces de la infancia y los afectos que permanecen vivos aun cuando quienes los compartieron ya no estén.
Uno puede cambiar de país, aprender otra lengua, adquirir otra nacionalidad, formar una nueva familia y construir una vida plena lejos de su lugar de origen. Todo eso puede cambiar, pero las raíces parecen obedecer a leyes distintas. Permanecen silenciosas durante años, invisibles incluso para quien las lleva consigo. Y, sin embargo, siguen allí.
La muerte posee una extraña virtud: despoja al ser humano de todo lo accesorio. Los cargos dejan de importar. Los títulos pierden significado. Las riquezas ya no tienen dueño. El prestigio deja de tener sentido. Solo permanece aquello que verdaderamente nos define.
Tal vez por eso estos tres compatriotas pidieron regresar. No para recuperar una vida que ya había terminado, sino para descansar definitivamente donde había comenzado su historia. Quizá el viejo dicho popular no estuviera hablando de la luna. Quizá siempre estuvo hablando de la memoria.
Porque hay un vínculo invisible con la tierra natal que ni los océanos, ni el tiempo, ni los mayores éxitos de la vida consiguen romper.
Algunos tienen la dicha de regresar mientras viven. Otros encuentran el camino de vuelta en el silencio de una urna. Y entonces comprendemos que ciertos viajes, por largos que hayan sido, solo terminan cuando las cenizas regresan a casa.
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